Adela Cortina y la Neuroética

Adela Cortina  (1947-)

Creo que de todos los filósofos españoles actuales, es Dª Adela quien más ha buscado el fundamento de la ética.  Que yo sepa, al menos desde su Ética mínima de 1986.  Y aunque se ha ocupado más de la ética aplicada y de la moral práctica, en todas sus obras sigue estando presente, de una u otra forma, su intento de fundamentar la moral.  Y lo ha hecho a partir de las doctrinas conocidas, que como hace Dª. Victoria Camps, pueden agruparse en éticas de las virtudes, del deber y utilitaristas.

Dª Adela, como todos los filósofos anteriores, sabe que estas doctrinas no aportan un principio ético universal que sirva de fundamento común a las éticas y normas morales aplicadas por los hombres durante toda su historia.  Por eso no escribí antes sobre lo leído en algunos de sus muchos trabajos.

Pero hace dos meses, en noviembre del pasado 2018, encontré su Neuroética y neuropolítica de 2011.  El ejemplar que compré es la reimpresión de la cuarta edición de Tecnos del 2014.  Por lo que he leído parece que Dª Adela ha seguido trabajando en el nuevo campo de la neurología, donde se está buscando ahora el preciado y esquivo fundamento de la ética. Y aun cuando no está de acuerdo con dejar que los neurólogos quieran basar la ética en el cerebro, le interesa estar al tanto de sus descubrimientos. Y colaborar para que sean los filósofos quienes los transformen, en su caso, en normas morales.

Voy a comentar lo que me parece más significativo del libro citado en relación con nuestras ideas:

En el apartado El mapa de la neuroética (págs.39 a 47)  trata de establecer si la bioética se ocupa: “sólo de aplicar las teorías filosóficas de las que ya disponemos a los problemas éticos que pueden plantear las neurociencias en la investigación y la intervención clínica…”. O si: “… la neuroética es ética fundamental”, en cuyo caso: “…quedarían arrumbadas las teorías éticas ya conocidas y las propuestas religiosas y bastarían los conocimientos de las neurociencias para ofrecer respuestas”.

Cita a varios expertos en estas materias y, entre otras posibles, distingue dos ramas fundamentales de la neuroética: La “ética de la neurociencia” que parte de las teorías éticas ya existentes para juzgar sobre las intervenciones y la “neurociencia de la ética” que se ocuparía de las posibles bases neuronales de la agencia moral.

Dice luego: “… lo que suele entenderse por neuroética debería ser una tarea conjunta de éticos y neurocientíficos que estudiaría las bases cerebrales de la conducta moral pero se preguntaría a la vez si esas bases proporcionan un fundamento para extraer de él obligaciones morales, es decir para decir qué debemos hacer…”.

 Luego distingue base de fundamento y dice: En este caso, la neouroética trataría sobre las bases cerebrales de la conducta moral y se preguntaría por los fundamentos filosóficos de la obligación”.

Y termina en la pág.50 planteando las cuatro preguntas que éticos y neurocientíficos, pretenden resolver. Nos interesa la primera: “¿cuál es el fundamento de la moralidad y en que medida conocer las bases cerebrales de nuestra conducta pueden ayudar a descifrarlo?”.  Las otras tres preguntas se refieren a la neuropolítica, la libertad y la educación, que no afectan a nuestras ideas aunque dependen de ellas. Seguimos la lectura para ver sus respuestas a las dos cuestiones contenidas en la pregunta primera.

Creo que Dª Adela plantea el problema distinguiendo las posibles bases “físicas” como soporte material del cerebro a partir de las cuales se originan los juicios éticos que a su vez fundamentan la conducta moral.

Adelanto que, en mi opinión,  tanto Dª Adela como los neurocientíficos tienen razón. En el cerebro está todo. Están las bases y el fundamento. Pero ambos siguen buscando bases y fundamentos parciales. Ciertos pero parciales. Buscan y encuentran tareas y objetivos parciales (virtudes, deberes, utilidades), que fundamenten las teorías éticas parciales clásicas, en lugar de preguntarse por el objetivo vital prioritario.

El capítulo 2 (págs. 53 a 76) tiene el sugerente título de:  La promesa de una ética universal basada en el cerebro. Y su apartado primero trata de El recurrente intento de construir una ética científica universal.  Cito lo más significativo para nosotros.

Pág. 54. Dice:” Afirmar en el siglo XXI que la ética debe ser universal es una obviedad”. Y desarrolla esta afirmación negando el relativismo y citando el universalismo de los derechos humanos.  Y que, desde la Ilustración, todas las teorías éticas pretenden ser universalistas, tanto las utilitaristas como las intuicionistas y las kantianas. 

El resto del apartado lo dedica a los autores que trabajan en este campo y distingue especialmente dos grupos:

Los que parecen más radicales, representados por Michael Gazzaniga y Francisco Mora,  que: “se proponen explícitamente desplazar a las teorías éticas anteriores y también a las morales religiosas y sustituirlas por una ética basada en el saber neurocientífico y sociobiológico que, por sacar sus haberes del estudio del cerebro humano, sería universal”. 

Y los que: “… no pretenden llegar con su investigación a descubrir los contenidos de una ética universal, sino solo a descubrir una estructura moral universal que se modula de forma diferente en las distintas culturas; sus propuestas de neuroética están mucho más elaboradas que las del grupo anterior y permiten diseñar un cierto marco teórico; y, por último no rehúsan la ayuda de la filosofía …”.  En este grupo de autores cita a Neil Levy y Marc Hauser.

La universalidad exigida por Dª Adela y pretendida por los autores que cita es cierta. Aunque con algunos matices: lo que debe ser universal es la ley básica implícita en todos los seres vivos y en el hombre como tal. Pero las normas del comportamiento animal  y las  éticas o normas morales de los hombres actuales, se han ido acumulando a lo largo de nuestra historia y por tanto son comunes en lo que cada cerebro humano tenga heredado como pasado común.

Es claro que los hombres actuales tenemos muchísimo en común unos con otros y eso es lo que encontrarán los neurocientíficos. Y en cualquier caso, a medida que ahonden irán encontrando rasgos del altruismo y de sus virtudes y fines parciales. Altruismo que es creciente y común a todas las poblaciones humanas. Y desde los primeros hombres, como seres sociales que ya eran y por tanto altruistas en el sentido amplio que refleja mi segunda hipótesis básica.

Por lo dicho, también parece válida la pretensión que cita de Gazazaniga y Mora de que una ética basada en el saber neurocientífico y sociobiológico es posible. Siempre que este saber llegue hasta desentrañar el contenido del fondo del tronco raquídeo que creo es donde Damasio sitúa la zona más antigua del cerebro y donde parece que debe estar el imperativo vital primigenio.  (ver Damasio)

Dª Adela se da cuenta de la parcialidad de las éticas contingentes y dedica el resto del capítulo a los juicios morales presentes en todas las culturas, a la intuición, a lo que ocurre en el cerebro ante los dilemas morales, a la vieja falacia naturalista y al también viejo imperativo de amar al cercano y rechazar al lejano.  Cito algunos párrafos más significativos:

En la página 59 siguiendo a James Q. Wilson considera que “parecen existir ciertos instintos morales rectores de alcance universal como que todas las sociedades creen que el asesinato y el incesto están mal, que hay que cuidar a los niños, que no debemos mentir ni incumplir las promesas y que debemos ser fieles a la familia”

Y enseguida, después de citar completa la definición de instinto de la RAE(*),  dice: A mi modo de ver, los juicios valorativos que hemos mencionado podrían relacionarse con algún tipo de instinto dirigido a la conservación del individuo o de la especie, pero son demasiado heterogéneos como para poder pertenecer al mismo conjunto de pautas y como para encuadrarse en un mismo instinto”. 

(*) Recuerdo que la primera acepción de instinto de la RAE es: “Conjunto de pautas de reacción que, en los animales, contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie” (estas cursivas mías). Y pone como ejemplo. Instinto reproductor. Fin de la nota.

Dª Adela ha estado a un paso de ver la idea básica, el imperativo vital, como “ algún tipo de instinto” capaz de encuadrar a todos esos juicios valorativos humanos, ya no solo instintivos.  Tiene razón en que los humanos no actuamos solamente por instintos y por eso no le cuadra lo de “instintos morales” de Wilson. Y por eso tampoco ve o no valora el “y de la especie” al final de la definición de instinto de la RAE. Quiero pensar que tampoco la RAE se ha dado cuenta cabal de lo que esas cuatro últimas palabras suponen.  

Creo que con lo dicho se entiende donde está el fondo del problema por el que, tanto los filósofos como los neurocientíficos, no acaban de encajar las piezas de las variadas éticas que desde los griegos unos y más recientemente los otros, van encontrando en la razón, en la voluntad, en la utilidad o en el cerebro. El imperativo vital de supervivir como base y el principio ético universal como fundamento son únicos para todos  los hombres. El resto son bases y objetivos parciales, heredados o adoptados por nuestra especie, para intentar supervivir; y siguen en los cerebros actuales según haya sido el grado de utilidad y la utilización de los antepasados de cada individuo.  

Las normas de comportamiento para supervivir son distintas para cada especie. Y cada especie ha adoptado y conservado, en lo que ha sabido y podido, las normas que en cada momento le han parecido mejores para intentar supervivir  en su ambiente.  Lo mismo en el hombre, donde el instinto está reforzado por sus enormes capacidades diferenciales que le han permitido desarrollar un heterogéneo abanico de pautas. Dirigidas todas a la consecución del objetivo vital prioritario de la supervivencia de la  especie, a través de la conservación iterativa de la vida de sus individuos y viceversa.

No me resisto a copiar unas frases que la doctora Cortina parece resaltar en la página 70. Dice: “Según Wilson la gente obedece a códigos de conducta muy sólidamente anclados en lo más profundo de nuestro cerebro paleolítico” . Y luego  “En los millones de años que dura la hominización la homogeneidad y cohesión social han tenido un gran valor de supervivencia”.

En estas frases y en otras muchas también ciertas que cita Dª Adela, están las bases parciales ya vistas hace tiempo por muchos autores ( biólogos evolucionistas, etólogos, antropólogos, filósofos, ….) y  que ahora van confirmando los neuroéticos.  Quienes van descubriendo también el valor del altruismo amplio, como factor imprescindible para la imprescindible cohesión social que ha propiciado nuestra supervivencia y el dominio y adaptación a todos los ambientes de nuestro hábitat. Y su modificación. Casi mejor que las hormigas: en un tiempo cortísimo y sin cambiar de especie. Al menos de momento.

En la página 72, en el apartado que titula Del “es” cerebral al “debe” moral, casi llega a ver la idea básica pero la considera parcialmente y la rechaza. Dice:“…la conducta moral no sería sino un mecanismo de adaptación que nos permite sobrevivir”. Bien. Y luego: “ Las normas morales no serían entonces sino normas adaptativas y la tarea ética consistiría en intentar descubrir qué normas favorecen la supervivencia”. Mejor. Pero creo que no acepta estas ideas porque no le gusta, con alguna razón, lo que dice Francisco Mora, quien, según cita Dª Adela , ha dicho(Mora) que: “ los valores éticos tan diferentes, para grupos éticos tan diferentes, pueden converger en reglas y normas establecidas por la neuroética, basadas en el funcionamiento del cerebro humano, base común de todos los hombres”.

Ni a Mora ni a Dª Adela les salen, ni les pueden salir,  éticas universales comunes trabajando con los valores éticos diferentes que residen en los cerebros diferentes de los grupos humanos diferentes. Sabemos que esos cerebros humanos tienen una base común pero sus capas “éticas” sucesivas se han ido formando a lo largo de nuestra historia con aquello, bueno y malo, que cada grupo o población humana, superviviente ahora, ha ido acumulando en sus cerebros, todos distintos.  Todos los grupos humanos existentes ahora tienen, tenemos en común en nuestros cerebros, o donde sea, dos imperativos: el básico y vital prioritario de supervivir común a todos los seres vivos, y la recomendación o mandato operativo del altruismo amplio, común a las especies sociales que, en nuestro caso, es el elemento fundamental que nos ha permitido llegar hasta donde estamos. Lo demás normalmente diferirá, poco o mucho, según hayan sido los antepasados de cada cerebro vivo actual.

Y por otra parte, es claro que las bases que se encuentren en los cerebros que ahora se analicen serán las que hayan acumulado los antepasados de los titulares actuales de cada cerebro analizado. Pero eso no quiere decir que sean esas bases, sin mas,  las que puedan servir para establecer las normas a seguir ahora. Por muchas razones. Entre otras porque en esas bases están los aciertos y los errores anteriores. Y aunque  los aciertos habrán sido mayores que los errores porque de lo contrario el cerebro analizado no existiría, las normas son, como supone Dª Adela, para supervivir en cada momento. Y en cada momento, y en el actual más que en otros, las circunstancias del Hombre y de su entorno son muy diferentes a las que fueron el origen de las bases grabadas en cada cerebro de los antepasados.

Dª Adela parece estar más del lado de J.D. Greene  quien, según dice, mantiene la diferencia entre ser y deber ser y se limita a sugerir que conocer más en bioética podría llevarnos a reevaluar nuestros valores morales y nuestras concepciones dela moralidad.  No conozco la obra ce Greene pero intentaré decirle a él y a Dª. Adela que ya pueden empezar esa tarea de reevaluar nuestros valores morales sin esperar a los descubrimientos de los neurocientíficos. Lo que ellos descubran está escrito en la historia de cada grupo humano. Y será interesante, pero sería seguir trabajando por  bases y tareas parciales, en lugar de hacerlo por objetivos. Por el objetivo básico vital que es la causa original de todas las éticas y normas parciales. Las acertadas y las erróneas. Una lista de normas a reevaluar para intentar cumplir el imperativo vital está en el apartado de Posibles aplicaciones de mis dos últimos libros.

En la página 74 el título es Amarás al cercano y rechazarás al extraño. Dª Adela dice, con razón, que éste parece ser el imperativo neuroético que se sigue de los trabajos de los neurocientíficos. Y dice que un tal imperativo: “ vendría a dar el espaldarazo moral a conductas tan usuales como el nepotismo, el llamado ‘familismo amoral’, la preocupación solo por los del propio pueblo, región o país, el olvido de los lejanos…”.

 Y añade luego: “Ante tal disonancia (…) los autores que estamos comentando o bien continúan defendiendo la ética universal basada en el cerebro sin atreverse a decir en que consisten sus normas( Gazzaniga); o bien adoptan esa posición y además dan consejos (…) como que se debe reducir el tamaño de las ciudades y promocionar la vida en el campo( Mora); o bien aseguran que (…) es necesario extender universalmente la benevolencia que nos suscitan los cercanos a toda la humanidad porque es el mecanismo adaptativo que hoy funciona (Levy), lo cual es falso porque no hace falta preocuparse por todos los seres humanos para sobrevivir”.

Por lo que dice luego, Dª Adela parece estar más cerca de Levy aunque considera falsa su idea. Idea que para mí es casi cierta, aunque por lo que he leído luego de Levy, éste tampoco ha visto el objetivo básico y por ello sigue teniendo poca fuerza en sus ideas . Que siguen siendo clásicas. La benevolencia es buena pero el elemento más eficaz y  mas eficiente para supervivir es el altruismo amplio, que la contiene. La benevolencia o la buena voluntad y la simpatía (aunque sea la inglesa de Darwin), no son suficientes. El altruismo amplio, que incluye todas las virtudes y valores  es lo que ahora parece imprescindible para que sobreviva nuestra humanidad. Cuyos componentes, todos los hombres, son de una misma familia biológica. Y que, para bien o para mal, cada vez son más en número, y están más cercanos unos a otros en una humanidad cada vez más global e interrelacionada.  

La Humanidad, o al menos algunos de sus miembros, sabe desde hace muy poco, que existe como un colectivo que puede extinguirse: por causas naturales o por sus propias acciones u omisiones.  Una humanidad que, a pesar de autollamarse Sapiens, aún no sabe, ni ha asumido formalmente como tal, que su deber vital prioritario es supervivir. Deber que ha intentado cumplir desde su origen, como universorum, a través de sus grupos y poblaciones genéticas y culturales. Y que ahora ya ha empezado a intentarlo como singulorum. Aunque lo  sigue intentando sin saberlo explícitamente, como el burgués gentilhombre hablaba en prosa.

Dª Adela termina el capítulo en la página 76 diciendo: “ La ética universal con base cerebral no ofrecerá, por tanto, contenidos concretos, sino  que más bien dirá haber descubierto una estructura moral, que es común a todos los seres humanos por tener bases cerebrales”.   Por lo dicho estoy de acuerdo con Dª Adela aunque posiblemente los neurocientíficos encuentren algo más que estructuras. Y me ha alegrado mucho seguir leyendo a nuestra autora que dice: “ En la tarea de desentrañar esa estructura resulta especialmente fecundo tomar como hilo conductor el intento por desvelar lo que se ha llamado ‘la paradoja del altruismo’ “.

El tercer capítulo y último sobre neuroética (págs. 77 a 96) se titula No hay ética universal fundamentada en el cerebro.  Y contiene las conclusiones  de lo expuesto, las luces y sombras de la situación, el pugilato natural- sobrenatural y las diferencias entre fundamento cerebral y bases cerebrales.  Todo lo que dice es muy interesante pero los comentarios de fondo serían parecidos a los ya hechos. Y naturalmente el contenido del resto del libro sobre neuropolítica y educación moral se verían afectadas por las aplicaciones del imperativo vital y del altruismo amplio. Tanto las políticas sociales y económicas como la educación son cuestiones importantes a revisar según se sugiere en el apartado de  Posibles aplicaciones de nuestros Supervivir amando. Un principio ético universal  de 2016  y de Supervivir. Ideas para una ética universal de 2015. 

Espero que Dª. Adela llegue a leer esta nota y conozca mis ideas para que, con ellas, pueda explicarse la aparente paradoja del altruismo. Y también se le aclaren el resto de sus dudas sobre la neuroética y sobre las relaciones con los neurocientíficos.

Nota adicional primera.

Después de escrito lo anterior he repasado lo que parece tener más relación con estas cuestiones en la Guía Comares de Neurofilosofía Práctica de 2012, en el Cerebro ético de Gazzaniga de 2006, en Neuroética de Neil Leyy de 2007 y en otros textos también recientes como  La revolución generosa de Stefan Klein de 2010,  Dar y recibir de Adam Grant de 2013 y El cerebro altruista de Donal W. Pfaff de 2015.  Y Damasio.

Creo que Dª Adela ha planteado perfectamente en su Neuroética y Neuropolítica, y resumido en el primer artículo de la Guía Comares, tanto la situación como los problemas y expectativas de la neuroética. Y no he visto en los libros citados ni en otros medios más recientes, que alguien haya explicitado mis hipótesis: lo que llamo el imperativo vital, el altruismo amplio y el principio ético universal.

Y he podido comprobar que, al igual que ocurre con las éticas clásicas, mis hipótesis encajan en las ideas de los neurocientíficos. Y en las de los filósofos que, como Dª Adela, trabajan siguiendo sus descubrimientos sobre la neuroética. O mejor dicho, creo que todo lo que se va descubriendo y filosofando sobre neuroética, encaja dentro de mis hipótesis y las confirma.  Hipótesis que, si se contrastan y utilizan, servirían para orientar y dar encuadre a los trabajos de los neurocientíficos y de los filósofos en el estudio y aplicación de las bases y fundamentos de las éticas parciales: heredadas y por aplicar.

También es muy interesante la Ética hermeneútica de Jesús Conill Sancho. El trabajo tiene el problema de que los autores que analiza son filósofos puros y por ello sus obras se refieren a la ética y la moralidad de las personas individuales como sujetos. Y cuando tratan de la vida también se refieren a la vida individual.  Mis hipótesis tienen como sujeto a la humanidad como especie, y a los hombres como miembros de esa humanidad. El principio ético es universal por referirse a los hombres individuales en lo que tienen de parte de la humanidad.

Y como he dicho en otro lugar, el imperativo vital de Ortega coincidiría con  mi idea básica si el “yo” orteguiano fuesen todos los hombres como tales y la circunstancia a salvar, que para Ortega es el entorno que domina, fuese la humanidad entera.

También he dicho en alguna otra parte que habría que trabajar hermenéuticamente la obra de Ortega y seguramente descubriríamos que, de alguna forma, vio o intuyó  la idea básica. Tenía, como sus predecesores, el problema del individualismo que sesga a los filósofos desde que Aristóteles desechó la idea, de Platón, del Estado como sujeto. Y también les pasa lo mismo a los neurocientíficos. Supongo que pronto, unos y otros, se darán cuenta de esta deficiencia reductora. Ya lo han visto, parcialmente, algunos biólogos genetistas: Mayr, Dobzhansky y Gould al menos. Aunque por no ser a la vez filósofos, no vieron que esos “sujetos especies” (y sus individuos como parte de ellas ) eran quienes tenían el objetivo de supervivir y el imperativo o deber moral universal de intentarlo prioritariamente. Son problemas de la especialización de los expertos, que no se dan en mi caso por ser un inexperto multidisciplinar.

Nota adicional segunda

Después de escribir lo anterior me parece oportuno recordar a todos, y especialmente a los neurocientíficos,  que las bases del imperativo vital están en los cerebros, o lugares  equivalentes, de todos los seres vivos. Y las bases del altruismo grupal están en todos los cerebros, o similares, de todos los organismos de las especies sociales.  Aviso por si les resulta más fácil buscar estas bases en algunos de esos muchos seres diferentes al hombre. El imperativo vital estará en la parte más primitiva. Y los primeros elementos del altruismo grupal estarán bastante profundos, donde cada especie se hizo social. Las hormigas, en sus miles de especies, pueden ser unos buenos organismos altruistas a observar.

En cuanto a los fundamentos que se puedan deducir de estas bases, y que sirven como normas para el comportamiento de estos seres, su estudio parece corresponder a los biólogos y los etólogos. Que creo han trabajado ya bastante en estas áreas pero tal vez no se les ha ocurrido buscar o tener en cuenta las bases citadas. Valga también esta nota como aviso para ellos.  Aunque también los filósofos pueden encontrar analogías o semejanzas entre las normas de comportamiento de estos seres, sobre todo de los pertenecientes a especies sociales, y las normas morales de los hombres como seres individuales. Y del Hombre como especie y como humanidad.

En los hombres, por sus posibles orígenes, las bases del altruismo grupal serán amplias desde sus inicios. Y se habrán ido incrementando y diversificando para fundamentar los valores y virtudes que históricamente han conformado, hasta ahora,  los altruismos grupales de las diferentes poblaciones humanas, tanto genéticas como culturales. Bases que esperamos se conviertan en el fundamento del altruismo global y universal  explícito que incluya, con virtudes y valores grupales varios,  a todas las poblaciones y todos los grupos de toda la humanidad.

J.C. Madrid, 25 de enero del 2019. Revisado el 8 de marzo de 2019